
El irrespeto a la vida es una terrible realidad en todo el mundo. La vida es muy frágil y vulnerable y se irrespeta no solamente cuando se comete un homicidio, como se podría imaginar.
Sin duda alguna, el homicio es la expresión máximo del irrespeto a la vida humana y es condenable desde todos los puntos de vista, ya que, nadie es dueño/a de la vida, ni tiene el poder para decidir qué hacer con el otro/a.
Pero, existe otra manera de "asesinar", es más discreta que el uso de armas blancas o de fuego... es la llamada "violencia estructural".
La violencia estructural se define como "el No cumplimiento de las obligaciones del Estado para con los derechos de los/as ciudadanos/as". Es decir, la poca o nula atención educativa de calidad, de salud gratuita, de salarios justos.
Muchos/as mueren lentamente por no contar con los servicios básicos a los que tiene derecho.
Otro aspecto negativo a destacar, reside en la utilización de la Pena de Muerte. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, decía en una entrevista que la aplicación de esta radical condena era la "prueba que la sociedad ha fallado en sus métodos de reeducación y reinserción, que no existe esperanza ninguna de redención".
Uno de los principales promulgadores de la Pena de Muerte es George W. Bush, actual presidente de los Estados Unidos de América, quien expresa que es "preventiva, para evitar más crímenes".
Realmente, ningún Estado puede jugar con la vida de nadie, ya que, los Derechos Humanos están por sobre las leyes y éstas tienen solamente sentido cuando son humanas... la humanidad es contraria a la muerte.
En el fondo, los gobiernos del planeta deben comprender que compartir, abrirá las puertas de la equidad y de la vida. Alguien que comete delitos responde psíquicamente a un maltrato estructural.
La sociedad tiene que "redimirse", según el término aplicado por Rosa Chávez, "volver a integrar a los marginados cuyos derechos han sido pisoteados". En eso cree la Iglesia y las personas que en el mundo luchan porque la vida sea respetada.