La noticia cayó inesperada, brutal.

Al mozo, que ño Nacho tenía esa mañana aporcándole unas tareitas de milpa, se la dio, al paso, el manco Ulalio que corría, desalado, a llevarla también al huatal de su madrina Escolástica Peñate, que además de madrina era tía en segundo grado de consanguinidad, por el lado de su señora madre la finada Macaria de idéntico apellido. El mozo, al oírla, arrojó el azadón al surco y, a su vez, salió disparado en dirección al rancho de ño Nacho Campos.

Ahogándose, casi, del sofoco de la carrera, apenas pudo gritar:

-¡No Nachóoo!

Del fondo de la cocina salió una voz recia que respondía:

-¿Qui'ay?

El mozo, que había avanzado hasta cerca del rancho, volvió a gritar, ya un poco calmado del sofoco, mas no de la alarma que dentro le palpitaba todavía.

-!Ou'el chapulfn está onde ño chele Josí'Angel!

Ño Nacho Campos, que en esos precisos momentos se encontraba almorzando con su mujer y sus cinco hijos en el habitual, rinc6n de la cocina, bastante apropincuados todos al poyo para disfrutar del tibio y confortable calorcillo de los tizones, lanzó una maldición, y apartando bruscamente el cuenco de loza vidriada en que humeaba el sabroso arroz con hueso de tunco y talios de quilite, se puso de pie con la ligereza que sus sesentiocho octubres bien cumplidos le permitieran.

Se asomó a la puerta y, apoyando el codo en el contramarco, y en la mano la sien, se le quedó viendo, fijo, al despavorido mozo.

-¿Qué decís?

-Nada ño Nacho. Que se pasó de l´asienda.

Ño Nacho se rascó la cabeza.

-¡Mal rayo parta al don Gulyermo'emierdal

(En la hacienda, cuando el chapulín hacía irrupción, la costumbre, en lugar de matarlo, como parecía lo natural y hasta lo humanitario, era arrearlo hasta que lograban sacarlo del litoral. Ya fuera de ahí, les importaba un ardite que se repasease en las siembras de los infelices colindantes).

Ño Nacho se mesaba los cabellos. Imploraba la misericordia divina, que nunca llega cuando de veras se la necesita, y que, sobre todo, brilla por su ausencia cuando quien la implora es un pobre diablo como lo era ño Nacho. En medio de su congoja, comprendió perfectamente que no había que perder el tiempo en inútiles lamentaciones, ni esperar auxilio del cielo, sordo, como siempre, a sus reclamos. De cualquier manera había que tratar de salvar la milpa de la voracidad implacable de la mancha de acridios que la amenazaba.

-¡Séya por la voluntá del Señor! -clamaba, siempre mesándose las casposas greñas y yendo de arriba abajo sin saber qué determinación tomar.

De pronto, deteniéndose, gritó:

-¡Canséee!

El grito se diluyó en la ardiente atmósfera del mediodía. Como nadie le contestara, volvió a repetir el llamado:

-¡Conséee!

En esta vez una voz contestó, a lo lejos:

-¿Qui'ay?

-¡Veni apriesa!

Conse, el primogénito de ño Nacho, andaba en esos momentos ocupado por el chiquero, echándole a la mancuerna de tuncos una guacalada de mondadura de yuca y renovándoles el agua de la canoa. Llegóse a donde su tata estaba, grandullón, desmadejado, con flacuras de gavilán, salidas las faldas de la camiseta de manta, los pantalones sebosos sujetos a la cintura por un pedazo de lazo tostado.

-¡Apuráte, Consito! Apuráte. Andá´blale al señor Natividá. Decíle que se venga con todos los muchá lo más apriesa que pueda. Yo guir'a ber la milpa.

Pero no se movía.

Conse, mientras tanto, descolgaba de una estaca ensartada en la pared su charra de palma y, encasquetándosela, salía de barajustada.

Ña Chepa, la cónyuge de ño Nacho, había salido al patio junto con é1, y a su lado, avizoraba el horizonte. Junto a él clamaba, ella también, la misericordia divina, y se lamentaba del destino que de manera tan despiadada y cruel se ensañaba en ellos. Cuando, al cabo de tantos sacrificios, habían logrado sembrar ese año una milpa tan macanuda, la desgracia, inesperada, les caía encima. Toda la milpa, las cuatro manzanas completitas, habían nacido uniformes, parejitas. Los tallos se alineaban en los surcos hasta perderse de vista de manera simétrica. Daba encanto a los ojos y alegría al alma, contemplar aquel inmenso lienzo cuyo verdor tremaba y resplandecía a la suave brisa de la mañana y al flechazo del sol de la tarde. Ño Nacho Campos y ña Chepa Vásquez, su cónyuge, se recreaban embelesados, largos y largos ratos en la contemplación de aquello que, para ellos, lo representaba todo. En el resultado de la cosecha cifraban la realización de uno de los grandes proyectos de su vida: comprarle a Benito Pérez una cuchilla de tierra que aquél poesía, encajada en su terrenito, y que les cerraba la salida al camino de Nejapa. Muchas veces, ño Nacho había hablado del asuntito de la compra con Benito; pero éste se negaba siempre, rotundamente, a vender.

-Ay le guá'bisar, ño Nacho, in cuantito nomás me desida a bender. ¿Alóye?

Y no hubo más. Pasaba el tiempo; y el pistillo que habían logrado reunir para la compra, se empleaba, de junto, en otra cosa distinta, o se les iba gastando poco a poco en perentorias necesidades. Ño Nacho tenía aquella cuchilla de tierra zurdida en el alma como una estaca. Por fin, hacía unos días, el propio Benito había llegado hasta el rancho a proponerles la venta. Ño Nacho, que esta vez no contaba con fondos disponibles ni tenía tiempo para juntarlos tan pronto, le había dicho:

-Por agora no puedo, Benito. Si te asperás unos diyas pa'ber como resulta la cosechita.

Benito, que había visto la milpa al pasar, dijo, por toda respuesta:

-Ya la bide, ño Nacho. Está mera pencona.

Y no quedaron en nada. Pero hasta el día, Benito no había podido encontrar comprador. Ni lo encontraría.

Pero el destino, o más bien su mala suerte quiso que esa milpa, que apuntaba que era un gusto de mera buena, prometedora de los colones que se necesitaban para mercarle la tierra a Benito, estuviera en inminente peligro de perderse. Todo el andamiaje de ilusiones forjadas estaba a punto de venirse al suelo. Los ojos de ño Nacho se mojaban en lágrimas, y en su alma fermentaba la amargura y el sedimento de la inconformidad.

Los cipotes, que almorzaban con su tata cuando la noticia cayó, brusca y aplastante, se habían quedado, quietos, en el mismo sitio. Parecían amedrentados. Se callaban, pegados los unos a los otros, los cinco, sin atreverse a mover. Se miraban con ojos de congoja, sin saber por qué. Comprendían, tal vez, la gravedad de lo que acontecía, y trataban, al ver la atribulación en que andaban sus padres, de pasar desapercibidos más bien; de que su presencia no fuese advertida, y se ganasen, por estorbosos, algún pescozón, o se extraviase algún puntapié. y más que todo mordidos de curiosidad por imponerse de lo que estaba pasando fuera, se decidieron a salir. El primero que lo hizo fue el güis, un pellizco de hombre, que corrió, directo, a donde su nana estaba, y se agarró, tenaz, a sus naguas.

Luego, uno a uno, fueron saliendo los cuatro restantes.

Sobre el rancho, momentos antes tranquilo, feliz en su humildad, pesaba ahora la misma ansiedad, la misma angustia que si se esperase lo más tremendo. Lo inaudito. Que la vaca lechera, que todas las mañanas ordeñaba ña Chepa para sacar de la lechita la cuajada del día, se había embarrancado, desnucándose; o ahorcándose uno de los novillos de la yuntita nueva; o fenecida, de mala manera, la mancuerna de tuncos que engordaban para las fiestas patronales.

Sacudiendo el fardo abrumador de su consternación, surgió en ña Chepa el espíritu de lucha, de lucha por la vida, y en contra del infortunio ensañado. Ña Chepa era "muy mujer". En el matrimonio, luego ya de veintiocho años, era ella quien llevaba los pantalones". Se sacudió de encima el nudo de cipotes y comenzó a recorrer el rancho y sus aledaños, en busca de todo trasto viejo, o artefacto inutilizado que pudiese hacer bulla, mover estruendo, y espantar con ella la horda nauseabunda de invasores. Así fue como encontró un guacalón de hojalata, que sirviera un día para ordeño de la vaca... un par de baldes defondados, que prestaban ordinariamente, servicio de ponedero a las gallinas... un abollado sartén de peltre, con el mango retorcido. . . una regadera sin pitón, cribado el asiento por el orín y la humedad... una lata de gasolina, que fue macetero de una mata de albahaca que se secó... unos retazos de lámina de zinc, chelosa de titilcuíte de gallina... en fin, un tronco roñoso de cañería, un azadón desportillado, una varilla de hierro, costrosa de herrumbre. Todo aquello que pudiera producir ruido, armar alboroto, fue arrambiado por la diligente mujer. Eran todos esos chismes que andan rodando por los rincones; que se echan de lado, que suelen servir, alguna que otra vez, de juguetes a los cipotes, y los que, muchas veces, nadie sabe ni le importa saber de dónde vienen y cómo llegaron ahí. Los acarreó todos al corredor, y los dejó amontonados contra la pared.

El mozo, portador de la primera noticia, apareció de nuevo. Venía de la orilla del río y había visto la punta de la manga que comenzaba a caer del lado de acá, en los terrenos de la sucesión del señor Leandro Paredes, en los que habían alquilado tierras para sembrar sus milpas Leonardo Cruz y el pishque Felipón Sosa, la misma fatídica voz de la primera vez, gritó:

-Dése apriesa, ño Nacho. Vel chapuJín está pasad'uel riyo y'stá onde el señor Liandro hartándose la milpa de Lionardo Crus.

Ño Nacho, sin decir nada, alzó a mirar el horizonte espejeante de sol. Y bien cercano, casi sobre su cabeza vio que revolaban algunos nudos de insectos, menuda vanguardia de la espesa nube que se notaba avanzar hacia el rumbo oeste. Los insectos, cuyas formas casi diluía la fuerza del resplandor, flotaban, inciertos, vacilantes, sin resolverse, así aislados, a tocar tierra. En tanto, la nube parda, espesa, tramada, se mantenía en equilibrio, seguramente por no haber viento favorable que la empujara, obligándola a seguir el curso que traía. Ño Nacho la observaba. No estaba todavía en el meridiano de sus terrenos; pero lo estaría muy pronto. No cabía la menor duda. En las milpas de Cruz y de Felipón Sosa, que estaban "riata", y en unas que otras próximas, tendrían ocupación para rato, que ellos deberían aprovechar en preparar la defensa.

-¡El Señor del Rescate nos ayude!

Era ña Chepa que, parada al lado de su marido, una vez terminada la requisa, alzaba, ella también la cabeza, y fijaba los ojos, húmedos de lágrimas, en el cielo, no se sabe a punto exacto si para implorar la misericordia divina, o para seguir las evoluciones de la pavorosa manga, relativamente alta todavía. Un fugaz chispazo de esperanza prendió en el ánimo abatido de ña Chepa.

-¿Si se jueran pasando, bos Nachóoo?

-Dios ti'oiga, Chepa.

Pero el Dios invocado tantas veces, el tan lejano Dios, o no oyó, o si oyó se hizo el baboso, como buen viejo lleno de mañas y resabios, estragado ya de escuchar a tanto pedigüeño.

De pronto, las pobres gentes notaron que la manga descendía, afectando la forma de un embudo en punta. Un sordo rumor de remolino se dejó oír. Crepitó al aire, como si pateasen hojas secas. Contra el sol la manga cabrilleaba.

Ño Nacho, ña Chepa, el mozo agorero, los tres zanateros que se habían reconcentrado, hasta los cipotes que, en ello encontraban inesperada entretención, echaron mano de los trastos amontonados en el corredor y corrieron desalados hacia la milpa amenazada. Tras ellos corrieron también los chuchos, saltando y ladrando. La milpa se extendía ancha, larga, ondulante la puntería verdegay de las hojas con cambiantes de prisma en ciertos puntos. Se movía toda, compacta, de una sola vez, con cierto aspecto de mar, a la hora en que no hay oleaje y parece la superficie regada de aceite. El chapulín caía, como quien dijera, a dos pasos. Caía en la milpa, dos manzanitas apenas, del pobrecito de Braulio Gumero, un guatal en despojo, apenas, de por medio, y que nadie había querido tomar para sembrarlo. El resto de la manga, que no se había levantado, merodeaba todavía en el linde de los terrenos de la hacienda, a pesar de los esfuerzos que hacían para echarlo al río. Otra sección del alado ejército despedazaba, en esos momentos, acá del río las siembras de Cruz y de Felipón Sosa. La ofensiva era formidable. Comenzaron a sonar los trastos. Los golpeaban desaforada, locamente, acompañando el estrepitoso cencerreo con gritos estentóreos, tratando, de tal manera, de intensificar el estruendo. El ruido, de pronto, pareció contener el avance de los invasores y detenerse, precisamente, perpendicular al sitio en que la milpa de ño Nacho apenas acaba, a lo largo de surcos a medio aporcar, su tallerío tierno. Comenzó a revolotear, arremolinándose, y luego, describiendo una dilatada espiral, fue descendiendo de nuevo. A cierta altura ya, se dejó caer, violenta, ruidosa, como una tromba. La manga cayó toda, completa, de una vez. Los tallos tiernos, de hojas verdegay; los pardos surcos, los brunos terrones, la hierba intrusa que estaba aporcándose, todo, todito desapareció bajo el desplome de aquella masa, que hedía como un infierno y bullía, inquieta, como una gusanera. En los madrecacaos floridos, en los elevados cocos, en los leprosos jocotes, en los chilamates desmedrados, en los guachipilines lustrosos, quedó prendida parte de ella, en racimos, en guirnaldas viscosas, en sucios florones, devorando las hojas, arrasando los retoños, carcomiendo lo frágil de las cortezas. Los árboles así cundidos así arropados de arriba a abajo, semejaban grandes lampadarios de bronce. Se oía el crujir de las antenas, el agrio rozar de las alas, el arañar áspero de los millares de dentadas patas. Se encaramaban unas sobre otros, en un violento forcejeo; se hacían nudos apretados, como si riñesen, con los ojitos saltones y las cabecitas como calavera.

En lo duro de la lucha, se quebraban patas; se magullaban alas que quedaban pendientes como piltrafas; morían pateados, ahogados por el peso de los que pasaban por encima en aluvión. Y hervía, como marmita infernal, todo aquel enjambre devastador. Crujía, a lo infinito, como pataleo sobre alfombras de hoja seca. Los trastos sonaban; pero el ruido que producían no daba resultado alguno. La desgracia de ño Nacho era abrumadora. Parecía que el furor de destrucción, que poseía el chapulín, le hubiese hecho perder el sentido del oído. Y en balde la herrumbrosa marmita, la regadera despistonada, la lata de gasolina, el fragmento de sartén de peltre, el guacalón de hojalata, se acabaron de despedazar sonando, sonando estruendos, alaraquientos, tumultuosos, sin reposo, sin tregua alguna. Los insectos bullían cada vez más, enredándose los unos a los otros, como si se acoplasen en capas superpuestas.

En esos críticos instantes, llegó el señor Natividad, acompañado de cinco gentes más que había recogido en el camino.

-¡Jesús Mariya! -exclamó, al no más ver aquel espectáculo desolador.

Y todos ellos se unieron a la banda de defensa encabezada por ño Nacho. Bajo sus pies, la espesa capa de chapulín crujió, chirriante y glutinosa. Comenzaron a golpear, a diestra y siniestra, con los garrotes que llevaban preparados, acompañando su rudo aporrear, de desaforados gritos. Ño Nacho y su mujer se habían detenido y, mudos, con ojos atónitos, contemplaban aquella invasión, peor todavía, más destructora aún, que la del chapulín. No había que hacer. Al principio acariciaron la remota idea de levantarlo, salvando así parte tal vez de su afanosa siembra. Pero ahora, viendo que la salvación era punto menos que imposible; que todo, por el momento, estaba perdido, la furia hizo presa de ellos. Tiraron a un lado los estorbosos como inútiles trastos, y echando mano de gruesos y bien sólidos leños, comenzaron todos a golpear, como fuera de sí. Acompañaba de truculentas interjecciones cada garrotazo ño Nacho. Cada vez que los garrotes se levantaban para volver a caer, veíaseles completamente cubiertos de chapulines destripados, de chapulines hechos papilla. La matanza era atroz. Pero acontecía que, cuanto más se destruía, la tierra parecía vomitar nuevos y nuevos nudos, incansable, fecunda. Por momentos, alguna que otra miríada se levantaba, revoloteaba un instante, incierta, y volvía a caer, un poco más lejos. Los pies estaban ya cansados de despachurrar; los brazos, de esgrimir los garrotes; las gargantas, de gritar tanto y tanto. Ardíanles los ojos; y las narices habíanseles irritado de la acre pestilencia que aquella masacre despedía.

De pronto, hacia el lado del "cerco de piedra'', camino de Mapilapa, se vio aparecer una nueva manga, menos copiosa que la primera, indudablemente, pero no por eso menos fatídica y destructora. La manga volaba casi a flor de tierra. Más bien que volar, parecía venir rastreando, salvando, pausada, a saltos, los cercos que dividían las propiedades. Se oían todavía al otro lado del río, hacia el lomerío de La Cruz, gritos desaforados, estruendo de latas, disparos de escopetas, redoble de tablas. Era el resto de la manga, retrasado en el solar de ño chele Josi'Angel, que después de hacer añicos las siembras que cubrían una parte de la ladera del cerro de Nejapa, se levantaba de mutuo propio y no por los cuatro golpes de latas vacías y unos cuantos gritos desabridos e ineficaces. La intención, ilusoria, de los arreadores era empujarla hacia el río, en dirección a la Junta, para que, si no caía al agua, fuera exterminada por los moradores del rancherío. Pero los condenados invasores, previendo la celada, cambiaron de rumbo inesperadamente, y fueron a caer en la milpa de ño Nacho. Se confundieron con los que ahí ya devastaban y formaron con ellos una sola masa compacta.

Ño Nacho, en medio de la gente, se mesaba las casposas greñas y con voz sorda, enronquecida por los gritos, ordenaba.

-iArréyenle, mucháaa! Arréyenle juerte.

Y sonaban los garrotazos; pero flojos, distanciados uno de otros, ya sin el brío de antes, sin el furor del principio. Los defensores de la milpa habían perdido toda esperanza de salvarla y hacían aquel vano esfuerzo nada más que porque ño Nacho y su pobre mujer les daban lástima.

Y en ese inútil afán, el crepúsculo se fue avecinando. La mole del cerro de Nejapa ocultó, prematuramente, al sol. Franjeóse de vivísimo carmín, el fondo de desvaído nácar. Fluyó menuda ceniza, opacando la atmósfera. La rodela de la luna, toda fuera, era a esa hora de sordo platino. Chistó la lechuza. Lloró el pájaro-león. Comenzó a chirriar, persistente, el millar de grillos habituales por aquellos sitios. Todo se puso triste, con esa tristeza que acompaña la agonía de la tarde.

Los garrotes, impotentes, habían, por fin dejado de aporrear. Humanamente, era imposible proseguir en el esfuerzo. ¡Aquello no acababa nunca! Parecía cosa de brujería No sonaban más, también, los inútiles trastos. Los gritos se habían apagado en las gargantas resecas. No había más remedio que resignarse. Era necesario abroqueilarse de paciencia, y volver a comenzar. Abandonaron el campo, y uno tras otro, caminaban en silencio, inclinada la cabeza, caídos los brazos, como siguiendo un funeral, que era el de todos. Regresaban al rancho. Mordiéndose los labios exangües, la mirada torva y rojiza, en livor la faz, marchaba ño Nacho. Tras él, su mujer iba derramando lágrimas. Muequeaban, por mero contagio, los cipotes. Los chuchos, como a la ida, brincaban y ladraban a la vuelta. El hocico les hedía a chilate de chapulín. Ellos también habían participado en la matanza.

Y durante todo el curso de la noche, hasta el rancho, bajo la techumbre de caldeadas tejas en que ño Nacho y su mujer rumiaban su desgracia en pleno insomnio, llegaba el estridente crujir de las antenas, el agrio rozar de las alas, el arañar áspero de los miles y miles de dentadas patas de los voraces acridios que, en el claro resplandor de la luna llena remataban tranquilamente, su tarea de destrucción y de ruina.

Arturo Ambrogí

(Salvadoreño)


 

EL CHAPULIN