MARÍA EN EL EVANGELIO

SE LLAMABA MARÍA
Lc 1, 27

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Casi todo lo que sabemos de Ella es su nombre: se llamaba María. Parece un nombre como otro cualquiera y, sin embargo, todo él es como un resplandor. María -estas vocales anchas, abiertas, ilimitadas- se parece un poco al mar. Vibra en ellas toda una inmensidad. El ámbito de gozo, de plenitud y de quietud se revela en la anchura de unas vocales: a, a, a. María es abierta como una a. Esta letra es fácil de pronunciar, pues todos los niños del mundo la repiten incansablemente y casi solo saben decir papá, mamá. María es fácil de pronunciar por todos los hombres, incluso por aquellos que no suelen atreverse a decir Jesús. No sé lo que pasa, pero este nombre llega al corazón de todos, es como una luz que alumbra, enseña un camino y apunta en una dirección. Solamente esta palabra: María, y las pasiones se sosiegan, la cabeza se despeja, las puertas se abren mostrando una senda; uno comienza a ver a Dios. Dios es redondo como una O. María es ancha como una A; tiene un comienzo pero después no termina nunca.
Madre nuestra que estás en los cielos
Santificado sea tu nombre
No se haga en mí mi voluntad sino la de Dios
Ayúdanos a no caer en la tentación.
Líbranos de todo mal. Amén.

DESPOSADA CON JOSÉ
Lc 1, 27

Desde que José, según la orden del ángel, tomó consigo a María su esposa, su vida está marcada por una profunda comunión esponsal. Juntos afrontan las molestias ocasionadas por el censo decretado por César Augusto. Juntos en el gozo y en la pobreza viven el acontecimiento salvífico del nacimiento de Jesús. Juntos aparecen en el cumplimiento de la señal dada por los pastores. Juntos observan los ritos prescritos por la Ley del Señor: la circuncisión del niño y la imposición del nombre, la presentación del primogénito en el templo y la purificación de su madre. Juntos afrontan la dura prueba de la persecución de Herodes y de la huída a Egipto. Vueltos a Nazaret, juntos «se dirigían todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua». Con los mismos sentimientos de dolor vivieron la pérdida de Jesús. Juntos lo buscaron y juntos quedaron llenos de admiración al oír de Jesús aquellas palabras. pero, ¿no sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre? Juntos vivieron en Nazaret una vida humilde, escondida y de trabajo, de suerte que Jesús pudo ser conocido como el "hijo del carpintero".
Entre María y José hubo una verdadera comunión, permaneciendo María siempre virgen. Cuánto más unidos están los corazones menos necesitan los signos sensibles que acompañan la unión. Por eso los que están unidos en matrimonio siempre tendrán en María y en José una referencia luminosa. Qué comunión de amor y de vida. María y José anticiparon en la tierra la gloria del paraíso en donde los hombres no se casarán ni tomarán mujer sino que serán como los ángeles de Dios, profundamente unidos a El y estrechamente vinculados entre sí. Que no separemos en la tierra lo que Dios ha unido. O que volvamos a unir lo que hemos separado. Y que en esta tarea nos ayude la presencia delicada y poderosa de nuestra Señora, la Virgen María, desposada con un hombre llamado José.


SALVE, LLENA DE GRACIA
Lc. 1, 28

En la vida de los hombres -se ha escrito- hay un secreto. La mayoría muere sin llegar a descubrirlo. Los cristianos lo sabemos pero no llega a estremecernos. Pero si nos percatáramos de lo que significa que Dios nos ama y que para El todos somos importantes... María ya sabía esto. Sospechaba, sin embargo, que dentro de ella había como algo más. Su corazón la estaba diciendo cosas que Ella no acababa de entender. Aquella mañana, el Ángel de la Anunciación parecía querer dar la clave con que comprenderlo. Fue como un relámpago. Aquello era una aparición. No, no era un sueño. Era una revelación: Salve, llena e gracia, es decir, colmada del favor de Dios, eres el encanto de Dios. No solamente Dios te quiere, sino Dios se ha prendado de Ti. María sin hacer nada, quieta como la rosa en el rosal, a lo sumo con sus gestos, una mirada suya, el leve paso de su andar ha encantado a Dios. El se ha prendado de Ella, se le ha ido el corazón y se ha desbordado en aquel interior. Yéndola mirando con sola su figura, vestida la dejó de su hermosura. ¿Cómo María iba a decir que no? Deja que aquel huracán de Dios se pose sobre su playa y que comience a tomar posesión plena de su interior y luego se desborde hasta sus entrañas. Dios se hizo hombre en aquel corazón.
Algunos creyentes confiesan que no les dice nada María. Dios siente de otra manera. Se lo dijo a Ella por medio de un ángel: Dios te salve, María, llena eres de gracia. Tu eres la favorita de Dios.

En la vida nos damos cuenta pronto de que necesitamos estar con alguien. Siempre, por otra parte, a nuestra vera hemos sentido la presencia de personas que han acompañado y cobijado nuestro corazón. ¿Cómo no recordar en estos momentos a nuestros padres, los hermanos, aquella amiga que no se separó de nosotros en los momentos difíciles, la presencia de un sacerdote que curó las heridas de nuestro interior? Un alguien luminoso hace bien en la vida, es algo grande y precioso.
María estuvo siempre acompañada. Hay alguien con Ella desde la primera hora. Por eso desde el inicio de su vida es como una isla de luz. Cayó gozosamente en la cuenta de una manera singular cuando se lo reveló un ángel: El Señor está contigo.

HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR
Lc 1, 38

Un esclavo es un hombre despreciable. Sólo si se es esclavo o esclava del Señor puede una persona ser honorable. Porque servir a Dios es reinar. Un esclavo del Señor es un adorador de Dios, un exacto cumplidor de su voluntad, uno que acepta una misión de parte del Señor y la cumple fielmente. María es de esta manera esclava del Señor. Una vez descubierta la voluntad de Dios, deja que El mande, insinúe, dirija la barquilla hacia el puerto. Con este Marinero a bordo todo llegará a buen fin. María no es soberana, sino servidora, no es meta sino camino, no es Todopoderosa sino intercesora. Es sencillamente esa sierva que sirve a Jesús, sigue a Jesús, busca a Jesús, canta a Jesús, ruega a Jesús, muestra a Jesús y está donde está Jesús, si no con los pies, sí con el corazón. Es sencillamente viva imagen de Jesús que «a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que por el contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz» (Fil 2, 6-8).
La sumisión a la voluntad de Dios termina en un increíble milagro. Dios no ha perdido nada. El hombre lo ha ganado todo. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. No sabemos -dice Cabodevilla- si en esos momentos se aceleró la floración de los huertos en Nazaret, no lo sabemos. Seguramente los hombres que estaban arando los campos vecinos -Mechisua, Ner, Abner, Edom- no se enteraron de nada, pero medio cielo se desplazó a la tierra. Porque una niña -no tenía más que doce años- dijo a Dios: He aquí la esclava del Señor. Tú también puedes meter un poco de cielo en la tierra, cumpliendo la voluntad de Dios.

SE ALEGRA MI ESPÍRITU
Lc 1, 47

La alegría sigue manteniendo su seducción de siempre y todo se reduce a acertar con ella, a elegir el camino y seguirlo. ¿No estará el hombre de hoy equivocando la ruta? No se la puede confundir con la diversión. Esta es algo exterior, estrepitoso y fugaz. En cambio, la alegría mana dentro, callada, con raíces profundas. Podíamos hacerle camino. Por de pronto, no procede del dinero, de una vida cómoda, de la gloria, aún cuando todo esto pueda producir satisfacción. Las raíces de la alegría están en cosas más nobles: un trabajo bien hecho, una palabra amable, el combate airoso contra ciertos defectos, el logro de una visión clara en una cuestión difícil. Para gran parte de la gente, la alegría amanece al encontrarse con una bella compañía que va a tu vera en los caminos, te alumbra una senda, te ayuda a superar los momentos difíciles y es como una sombra de Dios en el desierto de la vida. ¿Cómo no recordar en estos momentos la alegría de los corazones unidos, la de una casa en paz, el gozo de perdonar los pecados y el contento de llevar a un pequeño propio a las espaldas en una tarde de verano junto al mar?
Muchos de estos gozos los tuvo María. Su alegría más profunda fue no obstante el experimentar hondamente cómo Dios se desbordaba de su corazón a su seno, como Dios no salía de su corazón y en él moraba para siempre. La felicidad de los hombres se encuentra en Dios. Nos lo recuerda María: se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador. ¿Lo entenderemos alguna vez los humanos?

MEDITABA EN SU CORAZÓN
Lc 2, 19

No son las cosas que nos acaecen las que nos hacen sabios sino el lograr pasarlas todas por el corazón. En ese pozo hondo de nuestra interioridad reciben una gran luz y todas quedan iluminadas, se hace íntimo lo Transcendente, audible el gemido del Espíritu, experimentable la presencia de Dios. A la luz del corazón todo es presencia de Dios.
María fue una mujer reflexiva, todo lo vivió a la altura de su Corazón. En aquellas horas largas de Nazaret María observa, mira detenidamente, da vueltas, queda extasiada, se maravilla, pasa y repasa a Jesús por su corazón. "El niño iba creciendo -cuenta Ella en un diario imaginario- como los demás niños, aprendía a leer en la escuela como sus compañeros y amaba la palabra de Dios como a su madre. Dentro le brillaba una luz que nadie descubría sino yo. Yo espiaba sus gestos, sus palabras, bebía de sus ojos e intentaba entender el misterio de su alma, porque algo crecía en él enorme que le desbordaba, una misión que estaba más allá de sus ojos, un destino que ahora que han pasado los años comienzo a entender" (Martín Descalzo). A María meditando también se le va descubriendo Dios.
Qué gozo tan inmenso poder ver cada día un mundo más, dejar crecer allá dentro una palabra, sumergirse en su universo esplendoroso, vislumbrar más cerca cada hora la Inmensa Claridad como María.
En su casa dichosa
en secreto que nadie la veía
no miraba otra cosa
ni otra luz y guía
sino la que en su corazón ardía.
(San Juan de la Cruz)

HACED LO QUE EL OS DIGA
Jn 2, 5

Es la última palabra de la Virgen -de las siete que el evangelio nos conserva-, la única que María dirige a los hombres. Hasta ahora sólo la habíamos oído hablar con el ángel, con Dios o con el Hijo. Esta palabra de ahora se la dijo a los humanos. Nos la dijo a nosotros. Es lo único que nos dijo: Haced lo que El os diga. Porque la vida humana si es que quiere llegar a su plenitud tiene que contar con otro. ¿Quién de nosotros con sus fuerzas solas conseguirá la salvación? ¿Habrá alguno que logre por sí solo no morirse nunca? ¿Alcanzará alguna vez un humano de carne y hueso devolver a los que ha querido, una vez muertos, a la vida? ¿Podrán los hijos de Eva en esta vida resistir, aguantar, esperar siempre sin desesperar? Escuchemos serenamente nuestro corazón. Sí, nuestra salvación viene de otra parte. Hay que esperarla constantemente y hay que acogerla cordialmente. Nuestra salvación viene de Dios que hizo el cielo y la tierra. Nos viene bien el consejo de María: Haced lo que El os diga. Ya presentíamos nosotros que el consejo de una madre iba a venirnos bien. Porque una madre ve más hondo y llega más profundo que cualquiera de sus hijos. Una madre, sobre todo si es la madre de Jesús, lo ve todo mejor.
Este hombre de nuestro tiempo piensa que todo va a solucionárselo esta tierra y sus habitantes. Que con la técnica y la ciencia y la caridad y la solidaridad va a conseguir la celebridad y la perpetuidad. No se convence que nada logra superar la caducidad. Sólo Dios es eterno. Al final el hombre tiene que llamar, invocar, esperar y acoger. Haced lo que El os diga, nos dijo la Virgen. Ella tiene razón.

LA MADRE DE JESÚS
Hch. 1, 14

¿Quién era Ella para la primitiva comunidad de creyentes en Jesús? No podían llamarla María, pues en la comunidad existían muchas con este nombre: María de Cleofás, María de Santiago, María Magdalena. Se necesitaba un nombre que especificara mejor su identidad personal. Por otra parte se vivía plenamente por todos la presencia del Señor Jesús. A El estaban vueltos los ojos de sus fieles. El Evangelio, sus seguidores, la tierra, todo hacía referencia a Jesús. María de Nazaret no podía ser sino la Madre de Jesús.
Los evangelios, en especial San Mateo, San Lucas y San Juan reflejan la admiración que produjo en los primeros cristianos la evocación de esta mujer, la madre de Jesús. Este nombre

resumía admirablemente su vida. Fue la madre física de Jesús a quien El fue educándola y transformándola hasta convertirla en Madre de ese Jesús ancho y dilatado que es el Cuerpo Místico de El, del que formamos parte los desamparados de este mundo y los perdidos. María así era la Madre de San Juan, de San Pedro, de todos y cada uno de los apóstoles, de los que seguían a Jesús y de todos los que a lo largo de los tiempos han buscado en el rostro del Galileo una mirad para su desvalimiento y un alivio para su corazón. La Madre de Jesús es la Madre de todos.
A veces no sabemos bien cómo dirigirnos a Ella, pero rezando una Ave María, repasando las cuentas del Rosario, haciéndole la vieja oración del "Acordaos", trayendo a los labios un "Bendita sea tu pureza" experimentamos como nuestro corazón se serena. Es como una dulzura inquebrantable que se derrama en nuestra alma y en nuestro cuerpo. Todo nuestro ser se aquieta, el alboroto interior se calma. Es que está Ella con nosotros, la consejera, la consoladora, la animadora, la perdonadora, la iluminadora, la madre de Jesús. La Madre de Jesús que es nuestra Madre.

Esta presencia de Dios la empapó de tal manera que se hizo sustancia viva en su corazón. María se ha ocupado de innumerables cosas en la vida como todos los mortales; ha cuidado al niño, ha realizado las tareas de la casa, por las tardes se ha quedado en la puerta esperando a José, no ha olvidado de noche dar un fuerte beso al hijo a la hora del sueño. Pero María siempre estuvo en la presencia de Dios. Por eso no pecó nunca ni se extravió por los senderos del mundo. En todo cumplió la voluntad de Dios. Definitivamente aquel ángel tuvo motivos para invitarla a la alegría. Dios moró definitivamente en Ella. En nosotros tampoco puede faltar el regocijo. Dios está con nosotros y estará siempre todos los días de nuestra vida.
EL SEÑOR ESTA CONTIGO
Lc 1, 28